Sinaloa-sur-Seine

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El pasado domingo

Pasé la tarde del domingo en las calles de Belleville y Ménilmontant, dos de los barrios más coloridos de París, el uno se confunde con el otro. Belleville, que se extiende sobre los distritos 11, 19 y 20, es los barrios chinos de Paris, aunque también haya norafricanos y una cantidad significativa de subsaharianos. Ménilmontant esta un poco mas al Este, hay un poco menos de chinos y menos bourgeois bohèmes que en Belleville.

A 15 metros de la placita de Ménilmontant estaba una casilla electoral, imposible saber que proporción del público del guateque no fue a votar. Cierto es que muchos conocíamos a los organizadores o estábamos entre ellos, estábamos ahí para ejercer nuestra libertad de reunirnos, de utilizar los espacios públicos y mostrar nuestra distancia para con los izquierdosos que o celebrarían la victoria de Ségolène o llorarían por su derrota, como fue el caso.

A las 6 de la tarde, nuestras fuentes suizas decían todas que Sarkozy llevaba una cabeza de ventaja. A las 8, hubo un silencio tal que se podía escuchar el ruido rosa de París.

Y el baile se acabó.

Cada quién echó para donde mejor le pareció. Yo me quería ir directamente a Bastille, eterno corazón de las protestas. Mais non! Nos fuimos al Petit-G a beber una cerveza. Mucho ruido, poca luz y lejanas presencias femeninas. Nos llamaban… ¿nos? Decían que los estaban cercando en Bastille. Que el acceso al quartier estaba cerrado. Que aquello comenzaba a ponerse café.

Me fui del bar en solitario. Cuando llegué a Bastille eran pasado de las 9 de la noche.

Desde muy lejos, rue du Chemin vert, se veían las bengalas volar.

El lado norte de la plaza estaba cerrado a los peatones, de ahí salían las granadas lacrimógenas y llovían las botellas. Yo aproveché de un desplazamiento lateral para abrirme paso entre los antidisturbios e ir al centro de la plaza, cerca de la columna. Los diarios dicen que había una mayoría de militantes MJS, mouvement des jeunes socialistes; no puedo asegurarlo, había poca gente con pegatinas o banderolas socialistas, no escuché a nadie decir "Je t'aime, Ségolene".

Qué paisaje: Los árboles, los anti-disturbios, la nube humo que volvía hacia ellos, y los manifestantes perdidos tras ella, cuya presencia más o menos numerosa, más lejos o más cerca, más a la izquierda o a la derecha había que predecir. De puta madre.

Corría para allá. Corría para acá. Sarko, salaud... le peuple aura ta peau ! Police partout, justice nulle part! Sarko, facho ! Sarko, racaille, il faut que tu t'en ailles ! Miraba al cielo, tratando de predecir donde caería la próxima lacrimógena. Nos decíamos que en la Plaza de la Concorde ça doit être pareil.

Nos cerraban. Nos echaban hacia la rue de Lyon. Miré la hora. Eran las 11 de la noche. Mi móvil se quedaba sin batería y yo sin mis colegas, desgaznatado de tanto gritar y con los ojos rojos por los gases. Comenzaban las detenciones. Yo estaba a 5 minutos del metro Quai de la Gare, se duerme mejor en casa que en cualquier comisaría, incluso las de 5 estrellas. Más valen 7 horas de sueño reparador que 4 ó 5 de garde-à-vue. Je veux un ticket de metro, s'il vous plaît !

Y al día siguiente todo mundo era feliz y tuvieron muchos hijos y se amaron eternamente, dijeron la tele.

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