Sinaloa-sur-Seine

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Los suburbios

A continuación mi traducción de un texto publicado en el diario Le Monde el día 11 de noviembre, citado el mismo día por Maître Wong. Es, desde mi muy personal punto de vista, uno de los análisis más lúcidos y certeros de los disturbios que sacuden Francia desde finales de octubre. La autora, es historiadora e investigadora en el CNRS.

Han entrado en política, de Françoise Blum.

Hubo una época no muy lejana en que la identificación con el oprimido era la modo de ser de una generación, una época en la que todos eramos judíos alemanes. Me empeño en creer, erróneamente dirán algunos, que esa identificación nos hacía mejores.

Para con los jóvenes de los suburbios no sentimos nada de eso aparentemente. En el mejor de los casos, comprendemos sus frustaciones; en el peor, tenemos miedo. En el mejor de los casos, les reconocemos el derecho a manifestar su cólera, pero nos parece que la exprimen de manera irresponsable; en el peor de los casos, vemos detrás de su rebelión la sombra de los imams.

¿Por qué no reconocer simplemente que en este momento, y sin duda gracias al único método en que puede conseguirse, el método mediático, esos jóvenes ocupan por primera vez un espacio que les era desconocido, inaccesible, extranjero o prohibido: el espacio público? Han entrado en política, esos mismos que dizque no votan, que dizque se desinteresan a la cosa pública.

Bajo el peso del insulto, tanto más grave quizás cuanto se les reenviaba un poder que no habían nunca tenido la oportunidad de manifestar.

Hacen tambalear un ministro que algunos veían ya presidente. Muestran que existen y que, a lo mejor, después de todo esta república se dice igualitaria y universal, ellos pueden también contribuir a transformarla. En dos palabras, se han convertido en unas cuantas horas y noches de incencios en actores, actores de ese espacio púbilco al que se les recomendaba que se integraran al mismo tiempo en que se les negaba el acceso a él.

La calle, lugar de vagancia y ocio, se ha convertido para ellos en lugra de manifestación. Y no hay que asombrarse de que no desfilen de La Place de la République a La Bastilla, infieles a una tradición y a una memoria que no son las suyas. París no es su territorio y si los estudiante de Mayo de 1968 incendiaban los coches del Boulevard Saint-Germain en una época, hay que decirlo, en que los coches eran más raros y caros, coches que eran los de sus padres.

Otros tiempos, otras costumbres: Los que rechazaban la sociedad de consumo en esos felices días de los "Treinta Gloriosos" años de la postguerra, a pesar de todo, tienen mucho que ver son los que sueñan integrarse a ella. Exigen respeto. Los unos sufrían el peso de una sociedad represiva y dencunciaban el racismo antijóvenes. Los otros sufren el peso de una sociedad que hace de ellos personas de segunda clase, que los marginaliza y los menospreia, que los aplasta con controles policiacos y hace de su color de piel, de us nombres y apellidos un verdadero handicap social. ¿Y que sería de su cólera sin los incendios de autos? ¿Las televisiones del mundo entero se habrían desplazado hasta sus barrios en ese caso? ¿Qué tendrían que haber hecho: presentar una petición en la Asamblea Nacional?

Los medios que utilizan son sin duda alguna los únicos eficaces en estos tiempos en que los medios hacen y deshacen? ¿Cuántas huelgas obreras han recientemente han sido proyectados a la escena pública por el solo hecho de sus amenazas criminales? Atrevámonos a decirlo; esos disturbios, revueltas, explosiones de cólera, violencias... la gama semántica es amplia, son un movimiento social. No se trata de una revuelta obrera sino de la revuelta de los hijos de la clase obrera. ¿Los objetivos? Mínimo, el respeto; o cuando más, la integración.

¿Proyecto político? La lucha contra el desempleo, contra la precariedad. Piden también la demisión del ministro del interior, como se pidió en 1968, la de un tal Marcellin, ministro del ramo en esa época. Y tenemos ganas de decirlo fuerte y claro: Bravo a todos los que, a fuerza de menosprecio, han podido colaborar a la emergencia de un nuevo actor colectivo. ¿Y que haya un nuevo actor colectivo en una Francia atascada en querellas de capilla y su miedo al futuro, no es una suerte?

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